La casa de mi abuela
Macetas de terracota. Velas, humo y leña. Una cocina de gas que calienta leche en una cazuela de acero y agua en una olla porque la caldera se ha vuelto a estropear. Hace frío pero no estamos tristes. O al menos yo no me doy cuenta. Nos balanceamos en unos columpios que amagan desanclarse del suelo porque mi abuelo ha querido mostrar la hombría que sí tiene con las habilidades que no. En el garaje huele a óleo y serrín, y se acumulan cuadros de marinas y bodegones con casetas para pájaros hechas a mano. Yo no sé si tenemos dinero para comprarlas, y tampoco me importa. La verdad, ni siquiera pienso en ello. Me gusta ver a mi abuelo pintando y a mi tío construyendo. El campo está verde y todos sabemos donde vamos sin usar nombres de calles: donde Pili, a los ciegos, campo Ana, la charca de las ranas. Sin embargo, yo no sé quién soy ni a donde voy, pero tampoco me importa. Solo me preocupa que me toque la pala que conserva ambas gomas jugando al ping-pong, y ni siquiera eso me preoc...