El último poema de dos mil dieciocho

"No tengo que renacer de mis cenizas,
no se equivoquen conmigo,
que yo soy el maldito fuego."
-David Sant

Que en el último combate fui rebotando
de esquina a esquina del cuadrilátero,
como alguien que no compite en su categoría,
bueno, eso ya lo saben todos.

Que todos los ruidos parecían sordos
frente al estruendo del aplauso,
que el mejor golpe es la arrogancia del pesaje,
o todos los colores se apagaron, mohosos,
cuando dejaron de alumbrarlos los focos.

Que la inalcanzable altura del ring contrasta
con la insoportable normalidad de la colada,
que el cinturón deja de valer
cuando ves jovencitos pelear por lo que un día
sentiste que te pertenecía.

Que rendirse es otra fase del duelo,
aunque no abandonarse al cese de los golpes,
o que no puedes reinventar la rueda,
pero sí la madera que la dibuja,
bueno, de esto me di cuenta un poco tarde.

Hacer del circo un hogar, y de las ruinas un museo.
vaciar los bolsillos, vivir aquí,
hacer menos, hacer mejor, absorber, dar,
volver a empezar,
aún estoy aprendiendo.





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