Maleducados en el verbo amar
Nos vendieron la moto.
Nos vendieron al héroe que lo necesita,
chaqueta de cuero, cicatrices en la espalda,
y una chica virginal y bonita,
extranjera a los suburbios,
con los labios manchados de sangre
de besar los nudillos magullados
de un cuadro terapéutico de libro
que jamás escribió Moccia.
Un amor de película, de comida rápida,
donde los días que no nos vemos pasan en un fundido a negro.
Un amor poco hecho, marcado, sangrante,
una promesa de que al ondear su bandera
pasearíamos bajo un arco del triunfo
formado por las espadas de los arcángeles.
Y qué estúpidos fuimos:
nos lo creímos.
Me lo creí.
Un amor fugaz, intenso,
una traca final desde el día cero,
una espada de Damocles como muérdago,
con el Nilo en tu boca, y el Amazonas en tu pelo.
Un amor que filtra el mundo el blanco y negro,
un anticiclón en la Antártida,
una borrasca en el Sáhara,
la cura diaria a todos y cada uno de nuestros traumas.
Eso fue lo que nos vendieron.
Eso fue lo que muchos hicimos cola para comprar.
Una obsesión totalitaria, unificadora, y densa,
en la que no queda cabida para el espacio de la espera.
Un se hace saber que tengo pareja,
como si presumir fuera parte de esta.
Pero si algún amor puede durar, y eso espero:
no es ese.
Solo puede durar un amor manufacturado,
un amor natural, caligráfico, de sumo cuidado,
en el que pasear de la mano
se vuelva a convertir en algo que nos alegre.
Un amor siempre fresco, ventilado, y sin viciar,
sin coordenadas, simple y fácil.
Un amor en un mundo que es el que es,
y siempre lo ha sido,
en el que no te quieres más,
porque ya lo hacías desde el principio.
Un amor con puntos y comas,
para poder respirar al recitarlo.
Un amor que nos entierre arropándonos,
un amor de alfarería, de horno de barro,
de fuego lento, de viaje largo.
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